Éste es otro de los artículos que ya tenía muchas ganas de publicar y que dividiré en dos porque ¡hay mucho que hablar!.
El embarazo o la crianza son experiencias en las que el dicho “sólo lo entiendes si lo has vivido” cobra sentido, no lo puedes comparar con ninguna vivencia.
Se crea un universo paralelo, bastante desconocido por poco “publicitado” o descrito. Las malas lenguas dicen que nos extinguiríamos si supiéramos todo lo que implica la crianza.
Y en mi caso, el gusto del estudio y la consciencia de tener que tomar tantas decisiones y ser la responsable directa de una criatura, me impulsó a bucear en la información sobre puericultura buscando siempre la visión más profesional y naturista.
Así, averigué el por qué envolver al bebé en muselinas nada más nacer es beneficioso para devolverle esa sensación de seguridad que tenía en la placenta.

Foto de Sarah Chai en Pexels
Siempre me acordaré del consejo que nos dio la profesora de Yoga Prenatal: usar primero la muselina como foulard para impregnarla de nuestro olor y así cuando envolviéramos al bebé en ella facilitar el estado de calma. No en vano, como ya mencioné en el post de aromaterapia, el sentido del olfato es el primero que se desarrolla en el vientre materno.
Por eso, es una idea a tener en cuenta en el caso de cesárea si la madre no puede hacer piel con piel con su recién nacido.
Pensando en los olores, recuerdo una ocasión que yo estaba duchándome y mi bebé, que lloraba cada vez que se separaba de mí, cogió mi camisón y se agarró a él tranquilizandose. A partir de ahí se convirtió en la herramienta que usaba el padre para mantenerlo en calma hasta que llegara yo.
Leer libros como “Mi bebé lo entiende todo” de la psicóloga Aletha J. Solter, supuso re-incorporar a la conciencia conceptos humanizadores que han sido borrados de la sociedad. Se nos ha olvidado que somos seres mamíferos y con ello, costumbres como practicar el colecho. Observemos cómo cuidan las manadas a sus crías, no las dejan solas en ningún momento para que estén seguras y se sientan a salvo.
Por suerte ya ha dejado de ser popular un “método” que “adiestraba” al bebé para que se durmiera en su cuna, dejándolo llorar hasta que comprendía que aunque llorase no lo iban a atender. Lo cual me recuerda el sesgo cognitivo del desamparo aprendido: Una tendencia del cerebro de desistir a defenderse ante una situación porque anteriormente no funcionó y aprende a no intentarlo. Como los animales que desde crías los mantienen atados a una piqueta y cuando son adultos no intentan romper la cuerda, aunque tienen la suficiente fuerza como para romperla.
Si nos comparamos con otras especies, nuestros bebés son los que nacen más indefensos e inmaduros, dependen completamente de los adultos para obtener el alimento y la protección que necesitan. Imagínate esa humanidad primitiva que nacía en una cueva, si los dejaban solos morirían a manos de un depredador, por frío o por hambre. Por eso la naturaleza nos ha proporcionado el mecanismo de defensa del llanto que nos garantiza la supervivencia.

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Escuchar a pediatras como Carlos González hablando de las claves de la lactancia a demanda, o al enfermero pediátrico Armando Bastida en la tribu “Criar con sentido común” y leer “El cerebro del niño” del psiquiatra Daniel J. Siegel me ayudaron a comprender el desarrollo del cerebro humano para entender cómo actúan los bebés. Este conocimiento me salvó de muchos estallidos de llanto y “pataletas” relacionados con el cansancio, el miedo o el hambre. Spoiler: un niño cansado/ hambriento es el que te monta un berrinche en el supermercado a las 7 de la tarde.
En el siguiente artículo descubrirás por qué escoger zapatos «payasiles», promover los regalos en forma de comida congelada y la importancia de decir «gracias pero no» a los dulces que les ofrece el entorno como premio.